LA INEVITABLE METAMORFOSIS DEL SER
Ningún cambio, por el mero hecho de serlo, es fácil.
Encuentro que la comodidad de la instalación, que conlleva la factura cotidiana de la rutina, es más llevadera que la sorpresiva inestabilidad de los cambios. Pero las transformaciones son necesarias, naturalmente necesarias. Puestos a mirar detenidamente la dinámica de la naturaleza viva, todo cambia. El plus de la humana racionalidad siempre induce a pensar si esos cambios son para bien o para mal. Bien o mal, ¿categorías necesarias para aceptar el cambio?
No piensa la oruga si es bueno o malo convertirse en mariposa, lo hace. No juzgan los árboles la conveniencia de cambiar de hojas, o las víboras de piel, o los perros de pelo. Con todo, siempre pondremos en tela de juicio el cambio, propio o ajeno. Y sin embargo es inevitable: nacemos para cambiar. La metamorfosis es ineludible.
Confieso que estoy cambiando, y mucho. ¿Bueno, malo? Siento que simplemente es una cuestión que se veía venir, y que por otro lado esta teniendo consecuencias vitales en mi momento actual. Por una suerte de beneficio, era necesario cambiar de piel, despojarme de mis seguridades y enfrentarme a mi propia metamorfosis personal con todo lo que ello implica: dolor, renuncia, elección, transformación. Nueva piel, nuevo ser.
Y de cara al sol, sólo queda una cosa por decidir: sufrirlo o disfrutarlo.















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